Tecnología, empleo y desigualdad: pocas respuestas, muchos interrogantes

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Esta semana se ha presentado en Madrid el informe elaborado por la consultora Randstad Research «La digitalización: ¿crea o destruye empleo?». El informe presenta a España como uno de los países del mundo más amenazados por el déficit de talento digital. La economía nacional tiene capacidad para crear y absorber más de un millón de nuevos puestos de trabajo en los próximos cinco años (2017-2022), incluyendo posiciones de tipo tecnológico (390.000), trabajos inducidos (689.000) e indirectos (168.000). Pero, ¿cómo cubrir todas estas futuras vacantes de empleo tecnológico cuando el número de estudiantes matriculados en estas carreras ha descendido en más de 65.000 alumnos en los últimos años, pasando de representar el 30% del total de universitarios al 26% este año? El futuro no es halagüeño, vamos a peor: hoy son 69.113 y en 2021 serán 57.663.

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Los robots y la inteligencia artificial van a reemplazar muchos puestos de trabajo en los próximos años, fundamentalmente de tareas repetitivas o fácilmente automatizables. La Gran Pregunta es: ¿se destruirán más empleos de los que se van a crear? ¿Cuántas personas, que no pueden ser reconvertidas, quedarán fuera del sistema?

¿La culpa es de la tecnología o nos salvaremos gracias a la tecnología?

Las dos cosas. La tecnología destruye empleo pero al mismo tiempo es fuente de igualdad. Crea oportunidades para las masas y pone a sus alcance recursos que antes estaban limitados a las élites. La tecnología es un elemento de universalización, porque llega a todos los rincones del mundo. La tecnología puede emplearse para unir una sociedad, al igual que para dividirla. En el año 1999, esperábamos que el futuro deparara una mejora de la igualdad, un incremento del acceso a la información, un mayor sentimiento de libertad entre las personas y un impulso del crecimiento global. Muchas de esas previsiones se han cumplido en buena parte gracias a la tecnología, pero al mismo tiempo la brecha entre los mercados más avanzados y los países en vías de desarrollo ha crecido.

La tecnología lo magnifica todo. También ha magnificado las diferencias. La primera consecuencia ha sido la brecha entre países ricos y pobres, y entre zonas urbanas y rurales, que seguirá incrementándose por el simple motivo de la rapidez a la que evoluciona. La segunda consecuencia negativa de la digitalización es la aparición de nuevos monopolios empresariales, con la fuerza suficiente para imponer regulaciones a su favor en algunos países. Y llegamos a la tercera consecuencia, la contribución de la tecnología a una rápida destrucción de puestos de trabajo que la industria TIC no está compensando. Los empleos más afectados por el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial serán aquellos que requieren un nivel medio/bajo de cualificación. David Rotman, editor de la publicación MIT Technology Review, lo explica en el artículo De cómo la tecnología está destruyendo el empleo. Se producirá, una “polarización” de la fuerza de trabajo entre cualificados y no cualificados, y un “vaciado” de la clase media, como también anticipa Stephen Hawking.

En otras palabras: estos avances están creando mayor desigualdad en el mercado de trabajo, que va a ir a más. Según una investigación de los profesores Carl Benedikt Frey y Michael Osborne de la Universidad de Oxford, a medio plazo, el 47% de las categorías profesionales se verán afectadas por la automatización.

Parece claro que la formación y educación de los trabajadores jugará un papel fundamental en el resultado. A principios del siglo XX, la desaparición de millones de puestos de trabajo en la agricultura se resolvió a través de la implantación de sistemas públicos de educación, que elevaron la cualificación media de los ciudadanos, preparándolos para trabajar en el sector secundario. Parece difícil que los gobiernos puedan financiar una educación superior especializada. ¿Será la educación online la pieza salvadora del empleo del mañana? Por otro lado, la reducción de esa clase media, acelerada por las nuevas tecnologías, puede generar no sólo una sociedad más desigual, sino también más inestable políticamente. ¿Podría un sistema de renta universal contribuir a una transición menos dolorosa?

Randstad Research da las pistas de cómo serán los perfiles demandados en el futuro. Y establece seis categorías: el 38% serán los «knowledge workers», profesionales altamente cualificados, difícilmente sustituibles por una máquina; el 35% líderes con múltiples habilidades para dirigir cambios en las organizaciones e innovar; el 18% trabajadores técnicos con formación especializada para desarrollar funciones específicas; el 5% operarios que no requieren habilidades ni conocimientos muy específicos y desempeñarán actividades poco cualificadas; el 3% especialistas en oficios, con conocimientos específicos para realizar ciertos oficios o profesiones, y el 2% especialistas en tareas repetitivas, usarán la información pero no generan ideas o conocimiento. ¿Qué pasará con aquellos millones de personas que no se hayan formado o que estén en una franja de edad que les hace “difícilmente reeducables/reconvertibles”?

¿Qué pasará a largo plazo? Históricamente, el empleo neto tiende a recuperarse con el paso de los años. La llegada de nuevas disrupciones ha conllevado siempre la aparición de nuevos especialistas, y la falta de trabajo ha incentivado a las personas a idear nuevas oportunidades de negocio. Asimismo, existen empresas (como es el caso de muchas start-ups) que, de no ser por la eficiencia que proporcionan las nuevas tecnologías, no existirían. Amazon, Salesforce, Facebook o Uber serían inviables hace tan sólo dos décadas. Pero ¿seguirá la Revolución Digital el mismo patrón histórico?

Si la tecnología resulta lo suficientemente transformadora, ¿quién sabe qué pasará? Pocas respuestas, muchísimos interrogantes.

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